LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 15 – El mercado

La economía de mercado es un sistema social de división del trabajo basado en la propiedad privada de los medios de producción. Cada uno actúa según le aconseja su propio interés; todos, sin embargo, satisfacen las necesidades de los demás al atender las propias. Todas las civilizaciones se han basado en la propiedad privada de los medios de producción. Civilización y propiedad privada fueron siempre de la mano.

El capital es la cifra dineraria dedicada en un momento determinado a un determinado negocio, resultante de deducir del total valor monetario del activo el total valor monetario del pasivo.

En la sociedad de mercado corresponde a los empresarios la dirección de los asuntos económicos. A primera vista podría parecernos que ellos son los supremos árbitros. Pero no es así. Están sometidos incondicionalmente a las órdenes del capitán, el consumidor.

Las medidas anticompetitivas (barreras tarifarias, privilegios, cárteles, monopolios) lo que de verdad quieren es reemplazar el capitalismo por un sistema de planificación socialista en el que no haya competencia alguna.

El hombre es libre cuando puede optar entre actuar de un modo u otro, es decir, cuando puede personalmente decidir sus objetivos y elegir los medios que estime mejores. Para garantizar su libertad está el estado, es decir, el aparato social de fuerza y coacción. En este sentido, el servicio militar y la imposición fiscal no limitan la libertad del hombre. La realidad de nuestro mundo es que existen amenazas de agresión por parte de autocracias totalitarias y es necesario estar preparado para defender la independencia con las armas. La financiación de la actividad estatal (tribunales, policía, sistema penitenciario, fuerzas armadas) requiere de enormes sumas de dinero que se obtienen de los impuestos. El problema es que estos imprescindibles funcionarios sienten de continuo la tentación de recurrir al poder que disfrutan para intervenir el libre funcionamiento del mercado.

En el capitalismo el primer mandamiento y el más sagrado es: los beneficios de la producción han de reinvertirse en aumentar la producción. La desigualdad de rentas y patrimonios es una nota típica de la economía de mercado.

Los accionistas y sus consejeros son quienes trazan la estrategia de las empresas. Los directores son los encargados de llevar a cabo esa estrategia. Los técnicos son personas con capacidad y destreza para ejecutar determinadas clases y cuantías de trabajo.

El proceso de selección del mercado obedece al esfuerzo combinado de todos los miembros que en él operan. El resultado es la estructura de precios y la estructura social. Este proceso nunca se detiene y todo el mundo está sujeto a la ley del mercado, a la soberanía de los consumidores.

Todos los hombres son a la vez productores y consumidores. En cuanto consumidores reclaman severas medidas que les defiendan de los productores. En cuanto productores exigen la adopción de medidas no menos drásticas contra los compradores. De aquí nace el intervencionismo.

Es falso que la propaganda comercial someta a los consumidores a la voluntad de los anunciantes.

 

LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 14 – Ámbito y metodología de la cataláctica

La Economía (esto es “la cataláctica”) investiga los fenómenos del mercado. El sistema de investigación de la Economía se basa en construcciones imaginarias. Una construcción imaginaria es una imagen conceptual de una secuencia de hechos que se desarrollan lógicamente a partir de la acción empleada en su realización. El método do de las construcciones imaginarias se justifica por sus resultados. La praxeología no puede, a diferencia de las ciencias naturales, basar sus enseñanzas en experimentos de laboratorio ni en el conocimiento sensorial de la realidad externa.

En la imaginaria construcción de una economía pura o de mercado no interferido suponemos que se practica la división del trabajo y que rige la propiedad privada de los medios de producción. Se supone igualmente que el funcionamiento del mercado no es perturbado por factores institucionales. Se da, finalmente, por admitido que el gobierno, es decir, el aparato social de compulsión y coerción, estará presto a amparar la buena marcha del sistema.

Otras construcciones imaginarias son:

  • La economía autística, que supone la existencia de un sujeto económico aislado que se basta a sí mismo.
  • El estado de reposo, que es el estado al que tiende toda acción, si bien, jamás se consigue, pues la actividad siempre continua, jamás se aquieta.
  • La economía de giro uniforme, que supone que los precios no varían. A diferencia del estado de reposo, aquí el sistema sí está en movimiento, pero nunca cambia de aspecto.
  • La economía estacionaria, que es aquella donde jamás varían los ingresos ni la riqueza de la gente.

El hombre, al vivir y actuar, por fuerza combina en sí funciones diversas, integrando en él distintas funciones catalácticas. Nunca es exclusivamente consumidor, sino también empresario, terrateniente, capitalista, trabajador o persona mantenida por alguno de los anteriores. No sólo esto; las funciones de empresario, terrateniente, capitalista o trabajador pueden, y así ocurre frecuentemente, coincidir con un mismo individuo.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 13 – El cálculo monetario al servicio de la acción

El cálculo monetario es el norte de la acción dentro de un sistema social de división del trabajo. Viene a ser la brújula que guía al hombre cuando éste se lanza a producir. La previa planificación de la acción se convierte en cálculo comercial de los costes y beneficios esperados. La verificación retrospectiva del resultado de las acciones realizadas se convierte en contabilidad de pérdidas y ganancias. El sistema de cálculo económico en términos monetarios está condicionado por la existencia de determinadas instituciones sociales. Solo es practicable en el marco institucional de la división del trabajo y de la propiedad privada de los medios de producción, donde las compras y las ventas se hacen mediante un medio de intercambio comúnmente aceptado, o sea, mediante dinero.

El cálculo económico alcanza su máxima perfección en la contabilidad. En ella se pueden apreciar los fracasos y los éxitos, las pérdidas y ganancias. Tenía razón Goethe cuando aseguraba (Años de aprendizaje de Willhelm Meister, I, X) que la contabilidad por partida doble era “uno de los descubrimientos más ingeniosos de la mente humana”.

Hay gente a la que repugna el cálculo monetario. Prefieren lo “espiritual”, lo “bello” y lo “virtuoso” a la “grosera bajeza del materialismo burgués”. En realidad, lo cierto es que la facultad razonadora de la mente, que cifra y computa, en modo alguno impide rendir culto a la belleza y a la virtud, a la sabiduría y a la verdad.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 12 – El ámbito del cálculo económico

En los balances y cuentas de P&G, es forzoso traducir las partidas del activo y del pasivo (salvo las partidas de caja) a su equivalente monetario. Las rúbricas en cuestión deberían ser cifradas con arreglo a los precios que se suponga hayan de registrar en el próximo futuro los bienes de referencia. Sin embargo, la legislación mercantil y fiscal han hecho que los métodos actuariales no se conformen plenamente con esos correctos principios tendentes a lograr la máxima correspondencia posible entre las cifras contabilizadas y la realidad. Son otros los objetivos que se pretende alcanzar. La legislación mercantil aspira a que la contabilidad sirva de protección a los acreedores; tiende consecuentemente a valorarlos activos por debajo de su verdadero importe. La legislación fiscal, a la inversa, propende a calificar de beneficios sumas que en buena técnica no merecerían tal consideración.

El cálculo económico no sirve para informarnos acerca de las condiciones futuras. Pero con su ayuda puede el hombre orientarse para actuar del modo que mejor le permita atender aquellas necesidades que el interesado supone aparecerán en el futuro. Para ello, el hombre que actúa precisa de un método de cálculo y el cálculo presupone la posibilidad de manejar un común denominador aplicable a todas las magnitudes. Ese común denominador del cálculo económico es el dinero.

Carece de sentido pretender calcular la renta nacional o riqueza de un país. ¿Qué realidades deberían ser incluidas y cuáles omitidas en dicho balance? ¿Procedería valorar el clima del país o las habilidades y conocimientos de los indígenas? Una empresa puede valorarse porque alguien puede pagar un precio por ella, pero una nación no está en venta.

El valor que el individuo atribuye tanto al dinero como a los diversos bienes y servicios es fruto de una momentánea elección. Cada futuro instante puede originar nuevas circunstancias y provocar distintas consideraciones y valoraciones. La experiencia cotidiana nos muestra pues la continua fluctuación de los precios. Esta variación no es buena ni mala, es decir, favorece a unos y perjudica a otros. Lo que carece de sentido es pretender que los precios deben ser estables. La teoría subjetiva del valor niega esta pretensión. El eminente economista Irving Fisher creía que el poder adquisitivo del dólar variaría en proporción a la suma dineraria precisa para comprar una determinada “cesta de la compra” de un ama de casa. De acuerdo con la política de estabilización, se aspira a que esa suma permanezca constante. Ese planteamiento solo sería admisible si el ama de casa como su imaginaria cesta fueran constantes; si esta última hubiera siempre de contener los mismos productos e idéntica cantidad de cada uno de ellos; y si fuera inmutable la utilidad que dicho conjunto de bienes tuviera para la familia en cuestión. Lo malo es que en nuestro mundo real no se cumple ninguna de estas condiciones. El solo hecho de que hay calidades diversas en todos los bienes y servicios echa por tierra el método estadístico basado en índices. Limitar un estudio a cierto tipo de bienes seleccionados es a todas luces arbitrario y además vicioso.

La intervención estatal en los asuntos monetarios para lograr la estabilización es un error. Las actuaciones que pretenden reducir el tipo de interés e incrementar la actividad mercantil mediante la expansión crediticia tiene efectos desastrosos. Cuando las autoridades incrementan la cantidad de dinero circulante, ya sea con miras a ampliar la capacidad adquisitiva del gobierno, ya sea buscando una (temporal) rebaja del tipo de interés, desarticulan todas las relaciones monetarias y perturban gravemente el cálculo económico. El primer objetivo que una sana política monetaria debe perseguir es no sólo impedir que el gobernante provoque por sí mismo inflación, sino también evitar que induzca la expansión crediticia de la banca privada. La buena marcha del cálculo económico sólo exige evitar que se produzcan graves y bruscas variaciones en la cantidad de dinero.

La historia financiera refleja un notable incremento de la deuda pública. El estado brinda al ciudadano la oportunidad de poner su riqueza a salvo de cualquier vicisitud, ofreciéndole ingresos seguros y estables. Se abre así el camino para liberar al individuo de la necesidad de arriesgarse y de adquirir su riqueza y su renta en el mercado capitalista. Esto es, no obstante, engañoso. Dentro de la sociedad capitalista solo se puede adquirir y conservar riqueza sirviendo acertadamente a los consumidores. El estado se encontrará en la misma situación que cualquier empresa, es decir, podrá repagar la deuda y los intereses si obtiene beneficios. En caso contrario se verá obligado a incrementar los impuestos para poder pagar. Es decir, que recaería sobre el erario público la pesada carga de sus torpes actuaciones.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulos 9, 10 y 11 – El papel de las ideas, El intercambio en la sociedad y Evaluación sin cálculo

EL PAPEL DE LAS IDEAS

La razón es un rasgo peculiar y característico del hombre. El pensamiento siempre precede a la acción. Siempre es un individuo quien piensa. La sociedad no puede pensar, como tampoco puede comer o beber. El pensamiento está ligado a la palabra. La historia de del pensamiento y de las ideas es un proceso que se desarrolla de generación en generación. Heredamos de nuestros antepasados no sólo bienes y productos diversos, sino también ideas y pensamientos.

La sociedad es un producto de la acción humana. La acción humana se guía por ideologías. Por tanto, la sociedad y cualquier orden concreto de las relaciones sociales son fruto de ideologías. El poder equivale a la capacidad de ordenar la actuación ajena. Para que sea duradero, debe basarse en una ideología que la mayoría acepte.

 

EL INTERCAMBIO EN LA SOCIEDAD

La relación de intercambio es la relación social por excelencia. El cambio interpersonal de bienes y servicios crea el lazo que une a los hombres en sociedad.

Existen dos formas de cooperación social: la cooperación contractual y la cooperación hegemónica. La cooperación contractual se basa en el contrato voluntario entre ambas partes y por tanto es simétrica. La cooperación hegemónica se basa en el mando y la subordinación y por tanto es asimétrica.

La civilización es fruto de hombres que cooperaron bajo el signo de la coordinación contractual.

 

EVALUACIÓN SIN CÁLCULO

El hombre, al actuar, transfiere la valoración de los fines que persigue a los medios. Es decir, concede a los medios idéntico valor que al fin que aquellos permiten alcanzar. La teoría elemental del valor y de los precios recurre a un modelo de mercado en el que todas las transacciones se realizan en intercambio directo o trueque, donde el dinero no existe. Los economistas clásicos cometen dos graves equivocaciones al respecto: (1) Interpretar que la interpolación de una moneda en la transacción no afecta a la operación; y (2) Interpretar que los bienes y servicios intercambiados tienen el mismo valor.

Respecto al primer error, los economistas advirtieron que algunos de los más trascendentales problemas surgían precisamente en la esfera del cambio indirecto (es decir, utilizando el dinero como medio de intercambio). A tal efecto, comenzaron a preocuparse por las teorías monetarias del ciclo económico. Respecto al segundo error, los economistas se dieron cuenta de que el trueque surge precisamente a causa del distinto valor que las partes atribuyen a los objetos intercambiados. La gente compra y vende, única y exclusivamente, porque valora en menos lo que da que lo que recibe. Naturalmente, en cada acto de preferir es distinta la intensidad psíquica del sentimiento subjetivo en que el mismo se basa.

Las relaciones de intercambio entre el dinero y las restantes mercancías que nos interesan se hallan en permanente mutación. Nada hay en ellas que sea constante. Los precios pasados son solo hechos históricos que reflejan lo sucedido en cierto momento bajo determinadas circunstancias. Los precios futuros, por el contrario, constituyen el fundamento de toda actuación humana. Los precios del pasado son sólo signos indicadores que el sujeto contempla para prever mejor los del futuro.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 8 – La sociedad humana

La sociedad es acción concertada, cooperación. Por ser el hombre un animal que actúa se convierte en animal social. Pero la sociedad no existe en ninguna parte fuera de las acciones de los individuos y es puro espejismo imaginarla fuera del ámbito en que los individuos actúan. Hablar de una existencia autónoma e independiente de la sociedad, de su vida propia, de su alma, de sus acciones, es una metáfora que fácilmente conduce a crasos errores.

Los dos hechos fundamentales que originan la cooperación, la sociedad y la civilización, son, de un lado, el que la labor realizada bajo el signo de la división del trabajo resulta más fecunda que la practicada bajo un régimen de aislamiento y, de otro, el que la inteligencia humana es capaz de conocer esta verdad. El principio de la división del trabajo es uno de los grandes motores del desarrollo del mundo y del cambio evolutivo. La sociedad, en definitiva, es un fenómeno intelectual y espiritual: el resultado de acogerse deliberadamente a una ley universal determinante de la evolución cósmica, a saber, aquella que predica la mayor productividad de la labor bajo el signo de la división del trabajo. El reconocimiento de esta ley natural viene a ponerse al servicio de los esfuerzos del hombre deseoso de mejorar sus propias condiciones de vida. La división del trabajo descompone los diversos procesos de producción en mínimas tareas, muchas de las cuales pueden realizarse mediante dispositivos mecánicos. Tal circunstancia permitió recurrir a la máquina, lo cual provocó un enorme progreso en los métodos técnicos de producción. La mecanización es consecuencia de la división del trabajo y su fruto más sazonado.

Ricardo formuló la Ley de Asociación (más conocida por el nombre de Ley de los costes comparados) según la cual la división del trabajo entre ambas regiones incrementa la productividad del esfuerzo laboral y, por tanto, resulta ventajosa para todos los intervinientes, pese a que las condiciones materiales de producción puedan ser más favorables en una de dichas zonas que en la otra. Esta ley es una gravísima amenaza para los planes de todos aquellos que pretenden justificar el proteccionismo y el aislamiento económico.

La ley de asociación muestra por qué desde un principio hubo una tendencia a ir gradualmente intensificando la cooperación humana. En este sentido, la función histórica de la teoría de la división del trabajo, tal y como fue elaborada por la economía política inglesa desde Hume a Ricardo, consistió en demoler todas las doctrinas metafísicas concernientes al nacimiento y desenvolvimiento de la cooperación social. La ley y la legalidad, las normas morales y las instituciones sociales dejaron de ser veneradas como si fueran fruto de insondables decretos del cielo. Todas estas instituciones son de origen humano y solo pueden ser enjuiciadas examinando su idoneidad para provocar el bienestar del hombre.

El estado es el aparato social de compulsión y coerción. Debe monopolizar la acción violenta. El estado es una institución cuya función esencial estriba en proteger las relaciones pacíficas entre los hombres. La democracia es el mejor sistema para evitar revoluciones y guerras civiles, porque hace posible adaptar pacíficamente el gobierno a los deseos de la mayoría. Si quienes ejercen el poder no satisfacen a la mayoría, ésta puede –en la próxima elección- eliminarlos y sustituirlos por otros que defiendan programas diferentes. Pero el principio del gobierno mayoritario recomendado por el liberalismo no aspira a que prevalezca la masa en el sentido de los más zafios e incapaces. Por el contrario, los liberales no dudan de que a la nación le conviene sobre todo ser regida por los mejores. Ahora bien, opinan que la capacidad política debe demostrarse convenciendo a los ciudadanos. La dictadura de una minoría apela al supuesto mandato recibido de una autoridad suprema y sobrehumana, ya sea el derecho divino de los reyes o la misión histórica del proletariado.

La praxeología estudia al individuo aislado para alcanzar una mejor comprensión de los problemas que suscita la cooperación social. Esto no significa que el economista crea que hayan existido alguna vez los seres humanos solitarios y autárquicos. El hombre aparece en el escenario del mundo como un ser social. El hombre aislado, insociable, no es más que una construcción arbitraria. Es totalmente inadmisible la idea según la cual todo el mundo estaría mejor viviendo en un estado asocial. Todo el mundo goza de un nivel de vida mucho más elevado que el disfrutado por sus salvajes antepasados. El estado de naturaleza se caracteriza por la máxima inseguridad y pobreza. No pasa de ser una ensoñación romántica lamentar los felices días de la barbarie primigenia. Si Rousseau y Engels hubiesen vivido en aquel estado de naturaleza que describen con tan nostálgicos suspiros, no habrían dispuesto del ocio necesario para dedicarse a sus estudios y escribir sus libros. Una de las grandes ventajas que el individuo disfruta gracias a la sociedad es la de poder vivir a pesar de hallarse enfermo o discapacitado. Gracias a la civilización, el hombre ha vencido a los grandes animales feroces y a los perniciosos microbios; ha multiplicado los medios de subsistencia; ha incrementado la duración media de la vida; multiplicar las cifras de población y elevar el nivel de vida a un grado totalmente impensable para los moradores de las cavernas. Ahora bien, no debe olvidarse que físicamente el hombre es un animal débil, de tal suerte que no habría podido vencer a las fieras carniceras, de no haber contado con un arma peculiar, con la razón.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulos 5, 6 y 7 – El tiempo, La incertidumbre, La acción en el mundo

CAPÍTULO 5 – EL TIEMPO

La acción lleva implícita la idea del tiempo. El hombre no puede desentenderse del paso del tiempo. Nace, crece, envejece y muere. Es escaso el lapso temporal de que dispone. Por eso debe administrarlo, al igual que hace con los demás bienes escasos.

 

CAPÍTULO 6 – LA INCERTIDUMBRE

La acción lleva implícita la idea de incertidumbre. Es indudable que para el hombre que actúa el futuro resulta incierto. Si pudieran los mortales conocer el futuro, no se verían constreñidos a elegir y, por tanto, no tendrían por qué actuar.

En el mundo real, el hombre que actúa se enfrenta con el hecho de que hay otros que, como él, operan por sí y para sí. La necesidad de acomodar la propia actuación a la de terceros concede al sujeto investidura de especulador. Su éxito o fracaso dependerá de la mayor o menor habilidad que tenga para prever el futuro. Toda acción viene a ser una especulación.

El error fundamental de todo enfoque cuantitativo de los problemas económicos estriba en olvidar que no existen relaciones constantes en las llamadas dimensiones económicas. Todas y cada una de las continuas mutaciones provocan nueva reestructuración del conjunto.

 

CAPÍTULO 7 – LA ACCIÓN EN EL MUNDO

Cualquier conjunto de determinado bien se halla compuesto, por definición, por porciones homogéneas. Cuando el hombre ha de optar entre dos o más medios distintos, ordena en escala gradual las porciones individuales disponibles de cada uno de ellos. Podemos denominar unidad a la cantidad mínima que puede ser objeto de opción.

Al valorar un conjunto de varias unidades, lo único que, en todo caso, importa es la utilidad del conjunto. No obstante, al enfrentarse con el problema de qué valor debe atribuirse a una porción de cierto conjunto homogéneo, el hombre resuelve de acuerdo con el valor correspondiente al cometido de menor interés que atendería con una unidad si tuviera a su disposición las unidades todas del conjunto; es decir, decide tomando en cuenta la utilidad marginal.

Si una persona se encuentra en la alternativa de entregar una unidad de sus provisiones de A o una unidad de las de B; en tal disyuntiva, evidentemente, no comparará el valor de todo su haber de A con el valor total de su stock de B; contrastará únicamente los valores marginales de A y de B. Aunque tal vez valore en más la cantidad total de A que la de B, el valor marginal de B puede ser más alto que el valor marginal de A.

Los economistas clásicos creyeron observar que había cosas cuya “utilidad” era mayor y que, sin embargo, se valoraban menos que otras de “utilidad” menor. El hierro es menos apreciado que el oro. Este hecho parecía echar por tierra toda teoría del valor y de los precios que partiera de los conceptos de utilidad y valor de uso. Solo más tarde descubrieron los economistas que lo que originaba la aparente paradoja era el imperfecto planteamiento del problema. Solo tiene sentido plantear el problema de qué es más útil, el hierro o el oro, si se trata del supuesto en que la humanidad, o una parte de la misma, hubiera de escoger entre todo el oro y todo el hierro disponible. Obviamente, la cantidad total de hierro tiene más valor que la de oro, pero la utilidad marginal del oro es superior a la del hierro.

Todo producto es el resultado de invertir, conjuntamente, trabajo y factores materiales de producción. La producción no es un hecho físico, natural y externo; al contrario, es un fenómeno intelectual y espiritual. La condición esencial para que aparezca no estriba en el trabajo humano, en las fuerzas naturales o en las cosas externas, sino en la decisión de la mente de emplear dichos factores como medios para alcanzar específicos objetivos. No es el trabajo el que por sí engendra el producto, sino el trabajo dirigido por la razón. El hombre produce gracias a su inteligencia; determina los fines y emplea los medios idóneos para alcanzarlos. La acción humana es una manifestación de la mente.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 4 – Un primer análisis de la categoría de acción

El resultado que la acción persigue se llama su fin, meta u objetivo. Denominamos medio cuanto sirve para lograr cualquier fin. Los medios no aparecen como tales en el universo; en nuestro mundo, tan sólo existen cosas; cosas que, sin embargo, se convierten en medios cuando, mediante la razón, advierte el hombre la idoneidad de las mismas para atender humanas apetencias, utilizándolas al objeto. Es de capital importancia observar que las cosas integrantes del mundo externo sólo gracias a la operación de la mente humana y a la acción por ella engendrada llegan a ser medios. La praxeología, por eso, no se ocupa propiamente del mundo exterior, sino de la conducta del hombre al enfrentarse con él; el universo físico per se no interesa a nuestra ciencia; lo que esta pretende es analizar la consciente reacción del hombre ante las realidades objetivas.

El valor no es algo intrínseco, no está en las cosas. Somos nosotros quienes lo llevamos dentro; depende, en cada caso, de cómo reaccione el sujeto ante específicas circunstancias externas.

Pese a que, una y otra vez, muchos lo han negado, la inmensa mayoría de los hombres aspira ante todo a mejorar las propias condiciones materiales de vida. El hombre aspira a la salud y a la abundancia.

La economía aborda el estudio del hombre efectivo, frágil y sujeto a error, tal cual es; no puede ocuparse de seres ideales, perfectos y omniscientes.

La acción consiste en sustituir un estado de cosas poco satisfactorio por otro más satisfactorio. Aquello a lo que es preciso renunciar para alcanzar el objeto deseado constituye el precio pagado por éste. El valor de ese precio se llama coste. La diferencia de valor entre el precio pagado (los costes incurridos) y el de la meta alcanzada se denomina beneficio. El beneficio, en este primer sentido, es puramente subjetivo; no es más que aquel incremento de satisfacción que se obtiene al actuar; es un fenómeno psíquico, que no se puede pesar ni medir. Pero también puede suceder que la acción produzca una situación peor que la que se pretendía remediar; en tal supuesto, esa diferencia entre el valor del coste y el del resultado obtenido la denominamos pérdida.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 3 – La economía y la rebelión contra la razón

Las categorías del pensamiento no son productos arbitrarios de la mente ni meros convencionalismos. No llevan una vida propia externa al universo y ajena al curso de los eventos cósmicos. Son, por el contrario, realidades biológicas que desempeñan una función tanto en la vida como en la realidad. Son herramientas que el hombre emplea en su lucha por la existencia, en su afán por acomodarse lo mejor posible a las realidades del universo y de evitar el sufrimiento hasta donde se pueda. Concuerdan dichas categorías con las condiciones del mundo externo y retratan las circunstancias que presenta la realidad. Desempeñan una determinada función y, en tal sentido, resultan efectivas y válidas.

De ahí que sea a todas luces inexacto afirmar que el conocimiento apriorístico y el razonamiento puro no pueden proporcionarnos ilustración alguna acerca de la efectiva realidad y estructura del universo. Las categorías del pensamiento constituyen las fuentes primarias de todo conocimiento humano. En el hombre, toda cognición está condicionada por la estructura lógica de su mente, quedando aquella implícita en ésta.

No se puede demostrar la validez de los fundamentos apriorísticos de la praxeología sin acudir a ellos mismos. La razón es un dato último que, por tanto, no puede someterse a mayor estudio o análisis. De la razón solo cabe predicar que es el sello que distingue al hombre de los animales y que sólo gracias a ella ha podido aquél realizar todas las obras que consideramos específicamente humanas.

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LA ACCIÓN HUMANA. Capítulo 2 – Problemas epistemológicos de las ciencias de la acción humana

Las ciencias de la acción humana se dividen en dos ramas principales: la de la praxeología y la de la historia. La historia recoge y ordena sistemáticamente todos los datos de experiencia concernientes a la acción humana.

Se ha puesto de moda una tendencia filosófica que pretende negar la posibilidad de todo conocimiento a priori. El saber humano, asegúrase, deriva íntegra y exclusivamente de la experiencia. No cabe duda de que el empirismo y el pragmatismo llevan razón cuando de ciencias naturales se trata. Ahora bien, no es menos cierto que se equivocan gravemente cuando pretenden recusar todo conocimiento a priori y suponen que la praxeología debe ser considerada como una disciplina empírica y experimental. No es posible conformar las ciencias de la acción humana con la metodología de la física y de las demás ciencias naturales. Quienes pretenden construir un modelo epistemológico (esto es, de conocimiento) de la acción humana según el modelo de las ciencias naturales yerran lamentablemente.

El razonamiento apriorístico es estrictamente conceptual y deductivo. De ahí que no pueda producir sino juicios analíticos y tautologías (fórmulas bien formadas que resultan verdaderas para cualquier interpretación. El que la ciencia apriorística no proporcione un conocimiento pleno de la realidad no supone una deficiencia de la misma. Los conceptos y teoremas que maneja son herramientas mentales gracias a las cuales vamos abriendo el camino que conduce a percibir mejor la realidad. El economista jamás puede ser un especialista. Al abordar cualquier problema, ha de tener presente todo el sistema.

Los teoremas que el recto razonamiento praxeológico llega a formular no son sólo absolutamente ciertos e irrefutables, al modo de los teoremas matemáticos, sino que también reflejan la íntima realidad de la acción, con el rigor de su apodíctica certeza e irrefutabilidad. La praxeología proporciona conocimiento preciso y verdadero de la realidad. No en vano, la praxeología se interesa tan sólo por lo que cada acción tiene en sí de obligado y universal. Las ciencias apriorísticas (la lógica, la matemática y la praxeología) aspiran a formular conclusiones universalmente válidas para todo ser que goce de la estructura lógica típica de la mente humana.

La praxeología se interesa por la actuación individual. Solo más tarde, al progresar la investigación, se enfrenta con la cooperación humana. Aunque el hombre aparece siempre como miembro de un conjunto social, la acción es siempre obra de seres individuales. Los entes colectivos operan, ineludiblemente, por mediación de uno o varios individuos. Una colectividad carece de existencia y realidad propia, independiente de las acciones de sus miembros. La sociedad no tiene más base que la propia actuación individual. No son nuestros sentidos, sino la percepción, es decir, un proceso mental, lo que nos permite advertir la existencia de entidades sociales. Quienes pretenden iniciar el estudio de la acción humana partiendo de los entes colectivos tropiezan con un obstáculo insalvable.

El hombre surge en una determinada circunstancia ambiental. Sus innatas y heredadas condiciones biológicas y el continuo influjo de los acontecimientos vividos determinan lo que sea en cada momento de su peregrinar terreno. El hombre no es “libre” en el sentido metafísico del término. Está determinado por el ambiente y por todos aquellos influjos a que tanto él como sus antepasados se han visto expuestos. Es siempre hijo de una familia, de una raza, de un pueblo, de una época; miembro de cierta profesión; seguidor de determinadas ideologías religiosas, metafísicas, filosóficas y políticas. Ni sus ideas ni sus módulos valorativos son obra personal, sino que adopta ajenos idearios y el ambiente le hace pensar de uno u otro modo. El hombre común no se ocupa de los grandes problemas. Prefiere ampararse en la opinión general y procede como la “gente corriente”; es tan solo una oveja más del rebaño. La mayor parte de la vida del hombre es pura rutina.

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