Hayek

Friedrich A. Hayek (1899-1992) fue el alumno más brillante de Mises: en 1974 obtuvo el Premio Nobel de Economía, lo cual supuso un fuerte espaldarazo a las teorías de la Escuela Austriaca. Al igual que Mises, nació en el imperio austro-húngaro, en Viena. Entre sus obras destacan la famosa Camino de servidumbre y el que sería su último libro: La fatal arrogancia: los errores del socialismo.

Profundizó en la “teoría del ciclo económico” de su maestro incidiendo en la importancia de la manipulación del tipo de interés. La creación artificial de crédito con intereses bajos es el principal causante de unos auges económicos desmesurados que inevitablemente desembocan en duras recesiones. Una aplicación de su teoría le permitió predecir en 1928 la crisis que se avecinaba: la Fed trató de evitar, bajando los tipos, una caída de precios producida por el enorme incremento de la productividad en los años 20. La Fed no era consciente de que esa caída era natural y no había que combatirla, provocando así un exceso de liquidez en el sistema.

En su teoría evolutiva de las instituciones afirmó que la sociedad no es un sistema organizado racionalmente por una mente humana, sino que se trata de un proceso complejo producto de una continua evolución natural que no puede ser dirigida conscientemente. La sociedad es un orden espontáneo y dinámico, y es imposible, que un solo hombre consiga mejorarlo con una dirección consciente, pues nadie puede disponer de la información necesaria para ello. Además, la coacción que eso supondría impediría que cada persona pudiese conseguir los fines que libremente persigue.

Hayek escribió una amplísima obra que tiene influencia sobre los más variados ámbitos, no sólo económicos, sino también filosóficos y políticos. Fuera del ámbito económico, desarrolló una importante labor investigadora en el terreno del derecho y la naturaleza de las leyes. Merece la pena destacar el concepto de libertad como ausencia de coacción y el de justicia en su sentido clásico de igualdad de todos ante la ley.

 

Fuentes:

Invirtiendo a largo plazo, de Francisco García Paramés.

La Escuela Austriaca, de Jesús Huerta de Soto.

 

Ludwig von Mises

Ludwig von Mises (1881-1973) puede considerarse como el teórico más importante de la Escuela Austriaca. Nació en Lemberg, en el imperio austro-húngaro. Tras leer los Principios de economía política, de Menger, se hizo economista. Y tras asistir al seminario de Eugen von Böhm-Bawerk en Viena, comenzó a dar clases en esa ciudad, y más tarde en Ginebra. Cuando los nazis llegaron al poder tuvo que huir a Estados Unidos, donde dio clases en la Universidad de Nueva York.

En su teoría del valor del dinero y, especialmente, a través de su teorema regresivo del dinero, establece que la demanda de dinero de hoy se basa en el conocimiento del valor que el dinero tuvo ayer, y el de ayer se basa en el de anteayer, y así sucesivamente, hasta el principio en que una mercancía original, la cebada, fue utilizada como dinero por primera vez.

En su teoría de los ciclos económicos señala que los ciclos se originan por la creación del crédito sin ahorro previo, por medio del sistema de banca con reserva fraccionada (esto es: sin respaldo de oro), y con el apoyo de los bancos centrales. Con estas bases, la banca otorga préstamos a plazo con los depósitos a la vista que los clientes le entregan. Al no mantener todo el dinero necesario en la cuenta para pagar al depositante, el banco crea dinero “de la nada”. Actualmente, a los bancos se les permite prestar diez dólares por cada dólar que poseen realmente, lo que significa que el 90% de todo el dinero de nuestras cuentas bancarias no corresponde a billetes y monedas reales. Si todos los clientes de Barclays Bank pidieran de repente su dinero, el Barclays se hundiría de inmediato (a menos que un gobierno se decidiera a salvarlo). Lo mismo ocurre con Lloyds, Deutsche Bank, Citibank y todos los bancos del mundo.

En su teoría sobre la imposibilidad del socialismo, Mises parte de la evidencia de que no hay nadie capaz de acumular todo el conocimiento y la información que se va creando en cada momento en una economía dinámica. La necesidad de innumerables valoraciones de fines y medios de los agentes económicos hacen imposible un ajuste de los recursos disponibles a los fines deseados. Todo esto no lo puede hacer una persona o un grupo de personas sabias, y pretenderlo conduce a una descoordinación extrema de las acciones humanas en el ámbito de la economía. En consecuencia, en su teoría de la función empresarial, presentará al ser humano concreto, libre y creativo, como el gran protagonista de un proceso social dinámico.

Merece la pena resaltar que Mises creó el Instituto austriaco de coyuntura económica, que, dirigido por Friedrich A. Hayek, fue el único en predecir la hecatombe que se produciría a partir de 1929, rechazando un trabajo en el Kreditanstalt austriaco ya que no se fiaba de su situación. Mientras tanto, como vimos en la entrada de “La economía del siglo XX (2)”, Irving Fisher, uno de los padres más adorados de la Escuela Neoclásica, comentaba con asombrosa inocencia en 1929 que “las acciones habían alcanzado un estado de cotización permanentemente alto”.

En 1949, Mises escribió su obra cumbre: La acción humana, de mil páginas de extensión, que es el libro más relevante de la Escuela Austriaca.

 

 

Fuentes:

Invirtiendo a largo plazo, de Francisco García Paramés.

La Escuela Austriaca, de Jesús Huerta de Soto.

Sapiens, de Yuval Noah Harari.

Orígenes de la Escuela Austriaca

La escuela austriaca comienza formalmente en el siglo XIX con Carl Menger y la revolución subjetivista que supuso la publicación de sus Principios de economía política (1871). Pero antes de él, existen antecedentes históricos que van a configurar las ideas básicas de la Escuela.

Los españoles pertenecientes a la Escuela de Salamanca de nuestro Siglo de Oro contribuyeron con decisivas aportaciones a lo que siglos después sería el pensamiento austriaco. Hayek los considera de hecho los principales precursores de la teoría de la economía de mercado. Los pensadores más relevantes son: Diego de Covarrubias, Luis Saravia de la Calle, Luis de Molina, Juan de Lugo, Juan de Salas, Juan de Mariana, Martín de Azpilicueta, y algunos otros. Una constelación de estrellas que crearon o descubrieron conceptos como la teoría subjetiva del valor, la correcta relación entre precios y costes, la naturaleza dinámica del mercado y, como consecuencia, la imposibilidad de alcanzar el equilibrio en economía. Los miembros de la Escuela de Salamanca tenían ideas más claras en los siglos XVI y XVII que muchos economistas actuales. Para comprender la influencia de los escolásticos españoles sobre el posterior desarrollo de la Escuela Austriaca de Economía, es preciso recordar, ante todo, que en el siglo XVI, el emperador y rey de España Carlos V envió a su hermano Fernando I para ser archiduque de Austria. Las íntimas relaciones históricas, políticas y culturales que germinaron a partir de entonces dieron como fruto un trasvase de conocimiento económico que acabaría culminando en el nacimiento de la Escuela austriaca de Economía. El principal mérito de Carl Menger consistió en redescubrir e impulsar esta tradición católica continental de origen español.

Después de ellos, el pensamiento subjetivista decae, contribuyendo parcialmente a ello el propio Adam Smith. El que es considerado padre de la economía moderna tuvo contribuciones extraordinarias, pero se desmarcó de la tradición subjetivista, elaborando una teoría objetiva de valor-trabajo y concediéndole gran importancia al precio natural de equilibrio. Sobre esa teoría del valor-trabajo construyó posteriormente Marx su edificio. No obstante, algunos economistas clarividentes mantuvieron viva la llama subjetiva durante los siglos XVII y XIX. Destacan Cantillon, Turgoy y Say en Francia; y en España, Jaime Balmes.

Carl Menger (1840-1921) edificó su teoría partiendo del ser humano real y creativo, a diferencia de los entes económicos de Adam Smith y Marx. Su teoría culmina con la ley de utilidad marginal, que establece cómo, de acuerdo con los fines a alcanzar y los medios disponibles, valoramos cada unidad adicional de forma decreciente.

Otra contribución esencial de su pensamiento es la teoría sobre el origen y evolución de las instituciones sociales. Esas instituciones, nos aclara, surgen en el tiempo por las interacciones humanas, y esas interacciones constituyen precisamente el objeto principal de estudio de la ciencia económica. Entre las principales instituciones a las que aplicará su análisis evolutivo se encuentra el dinero, como ya vimos en la entrada “Historia del dinero”.

Después de Menger nos encontramos con Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914), que expandió la teoría subjetiva a la teoría del capital y a la teoría del interés. Pero lo más interesante es que fue el primero en profundizar en el componente psicológico adelantándose a la Economía Conductual que vimos en la entrada “Economía conductual”.

 

FUENTES

Invirtiendo a largo plazo, de Francisco García Paramés.

La escuela austriaca, de Jesús Huerta de Soto.

La gestión estratégica de los corrales de comedias de Madrid (1700-1744)

El análisis detallado de los libros de cuentas de los corrales de comedias de Madrid durante el periodo 1708-1740 permite concluir que los gestores de estos antiguos teatros, para sobrevivir y prosperar en un entorno de crisis provocado por la Guerra de Sucesión (1702-1714) y por la entrada de la competencia en el mercado teatral, desarrollaron una estrategia de creación de valor a largo plazo y un sistema de gestión estratégica. En este sentido, los libros de cuentas de los corrales de comedias trascendieron su carácter de meros registros contables para convertirse en unos innovadores y eficaces instrumentos para medir y gestionar la estrategia, replicando con gran precisión las recientes propuestas del Cuadro de Mando Integral creado por Robert S. Kaplan y David P. Norton.

Durante la primera década del siglo XVIII, el negocio teatral entró en una fase de decadencia. En primer lugar, la economía se resintió gravemente debido al conflicto sucesorio. La falta de víveres incrementó los precios de los productos básicos y la caída en la demanda de mano de obra redujo los salarios. En consecuencia el poder adquisitivo de los madrileños se desplomó repercutiendo directamente en los ingresos de los corrales. Además, la guerra causó prolongadas ausencias de la capital a los reyes y a la corte, lo cual afectó notablemente a la recaudación de los teatros. En segundo lugar, con la llegada a España de la nueva dinastía de los Borbones, el teatro italiano pasó a ser favorecido por la corte en detrimento de las compañías españolas. La entrada en el mercado de la compañía italiana de los Trufaldines rompió el monopolio ejercido por los corrales durante más de un siglo e incorporó un alto grado de competencia. Los actores italianos introdujeron un producto teatral novedoso en cuanto a la escenografía, las tramoyas, el canto, la música, las acrobacias, los bailes y las tramas, que influyó poderosamente en los gustos del público. Cabe destacar que se trató de una competencia desleal. La permisividad de la corte hacia los Trufaldines supuso la concesión a los italianos de ciertas licencias prohibidas a los corrales, tales como la fijación de tarifas en función del tipo de espectáculo, la autorización para representar de noche o el consentimiento para sentar juntos a hombres y mujeres.

La situación del negocio era tan crítica que nadie quiso licitar al arriendo de los corrales para el periodo 1712-1716 y la única propuesta presentada in extremis sería rechazada por el Consejo de Castilla por contener un elevado número de cláusulas suspensivas. Finalmente, en 1712 el Ayuntamiento optó por hacerse cargo de la gestión de los corrales. La entrada de un gestor municipal supuso un cambio crucial en la visión temporal del negocio y, en consecuencia, en la definición de la estrategia. Mientras que los arrendadores tenían una visión cortoplacista limitada a su periodo de arrendamiento de cuatro años, el Ayuntamiento desarrolló una estrategia de negocio de onda larga, basada en los clientes futuros y en la innovación de un nuevo producto: las comedias espectaculares. No se elaboró una estrategia escrita ni se hicieron copias de la misma para informar a todos los agentes implicados. En realidad no era necesario, pues la finalidad última del negocio era la misma que habían tenido los arrendadores: incrementar las ventas, generar un mayor flujo de caja y obtener un mayor beneficio. La diferencia radicó en la dilatación del horizonte temporal del negocio, que permitió acometer fuertes inversiones con un amplio periodo de recuperabilidad. Un arrendador que arriesgase su capital en la innovación de nuevos productos podía ver cómo concluía el periodo de arrendamiento sin que hubiera recuperado su inversión. Incluso cuando la comedia innovada fuera exitosa, gran parte de las plusvalías serían adjudicadas a futuros arrendadores en las posteriores reposiciones de la obra. El Ayuntamiento, por el contrario, podía acometer inversiones arriesgadas, pues los potenciales fracasos se compensaban en el largo plazo con potenciales aciertos.

Los efectos de este cambio no tardaron en hacerse notar. La fuerte inversión en tramoya y en efectos especiales dio un giro copernicano al negocio teatral. La espectacularidad pasó de ser un privilegio exclusivo de los reyes y de la nobleza para convertirse en un producto cotidiano del público común. Durante los ocho prodigiosos años del periodo 1712-1720 se estrenaron innumerables comedias espectaculares, destacando ocho comedias de magia que serían legendarias: las dos partes de Don Juan de Espina (1713 y 1714), las cinco partes de El mágico de Salerno, (1715, 1716, 1718, 1719 y 1720) y Marta la Romarantina (1716). La fama de estas obras trascendió a la estrategia diseñada para los corrales y les sobrevivió tras su demolición a mediados del siglo XVIII. Este “descenso” de lo espectacular a los tablados populares fue acogido por el vulgo con fruición y marcó la pauta de las comedias que habrían de tener éxito durante un siglo y medio. El mismísimo rey Fernando VII, al regresar a Madrid en 1814, entraba en los teatros del Príncipe o de la Cruz, a entusiasmarse con las habilidades del mágico de Salerno. A finales del siglo XIX aún abundaban en la cartelera madrileña estas comedias de magia espectacular, que no cayeron en el olvido definitivo hasta la llegada del cinematógrafo a principios del siglo XX.

Los libros de cuentas fueron un instrumento poderosísimo para medir y gestionar la puesta en práctica de la estrategia, ya que no se ceñían únicamente a una perspectiva financiera con indicadores contables, sino que abarcaban las perspectivas del cliente, del proceso interno y del crecimiento, cada una con sus respectivos indicadores no financieros. Además, los libros reflejaron aspectos tan novedosos como la Responsabilidad Social. Los fines benéficos del teatro eran la causa primigenia del negocio y gran parte de sus ingresos se destinaban a políticas de mejora en la calidad de vida de los más necesitados. No se trataba de un mero maquillaje de cara a la galería, sino que, por el contrario, la ayuda social se materializó a través de unos parámetros de actuación claros y de unas aportaciones económicas tangibles.

Los libros de cuentas fueron el Cuadro de Mando de los corrales de comedias, traduciendo la estrategia en un sistema de mediciones para la gestión. Todos los agentes implicados directamente en el proceso teatral (comisarios, dramaturgos, actores, director teatral) eran conscientes de los objetivos, de tal manera que cada parte del proceso se centraba en los inductores críticos (tramoya, efectos especiales, etc.) alineando sus inversiones, iniciativas y actuaciones con la consecución de las metas a largo plazo. Pero los libros de cuentas eran algo más que una variedad de indicadores agrupados. Los libros relataban la historia de la estrategia de los corrales mediante la vinculación de inductores de actuación (indicadores-causa) con los del resultado (indicadores-efecto), a través de una serie de relaciones causa-efecto. Era su análisis conjunto el que permitía apreciar la situación real del negocio.

Sobre el capitalismo

Durante la mayor parte de la historia, la economía mantuvo aproximadamente el mismo tamaño. No fue hasta la edad moderna cuando apareció un nuevo sistema basado en la confianza en el futuro: el capitalismo. La base del capitalismo es el crédito, que nos permite construir el presente a expensas del futuro. Se basa en la suposición de que nuestros recursos futuros serán más abundantes que nuestros recursos actuales. Al principio, la gente prestaba a corto plazo y a tasas de interés muy elevadas, pues la gente no tenía mucha confianza en que el futuro fuera mejor que el presente. Pero con la revolución científica y la idea de progreso el pastel empezó a crecer. La idea del progreso se basa en la hipótesis de que, si admitimos nuestra ignorancia e invertimos recursos en investigación, las cosas pueden mejorar. Así llegaron los descubrimientos geográficos, los inventos tecnológicos y las mejoras en la organización que aumentaron la suma total de la producción, el comercio y la riqueza humanos. En 1776, el economista escocés Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, probablemente el manifiesto económico más importante de todos los tiempos. Smith enseñó a la gente a pensar en la economía como una situación en la que siempre se gana, en la que mis beneficios son también tus beneficios. En el nuevo credo capitalista, el primer mandamiento y el más sagrado es: “Los beneficios de la producción han de reinvertirse en aumentar la producción”.

En el siglo XVII surgieron las sociedades anónimas de capital en acciones, una de las invenciones más ingeniosas de la humanidad. En lugar de un único inversor que se jugaba su capital, la compañía recogía dinero de un elevado número de inversores, cada uno de los cuales arriesgaba una pequeña fracción de su capital. Pero eso no era lo mejor, los inversores solo respondían de su capital invertido. Si las pérdidas de la empresa superan lo aportado por los accionistas, es la empresa (como ente legal independiente de los accionistas) quien responde. Y si no puede responder, pues nada, suspensión de pagos. No conviene olvidar que antes de la creación de esa “ficción legal” llamada sociedad anónima, un emprendedor respondía con todo su patrimonio e incluso podía verse obligado a vender a sus hijos en vasallaje.

Hoy en día, la calificación crediticia de un país es mucho más importante para su bienestar económico que los recursos naturales. Las calificaciones crediticias indican la probabilidad de que un país pague sus deudas. Es tarea de los sistemas políticos asegurar la confianza mediante la legislación de sanciones contra los engaños y el establecimiento y respaldo de fuerzas de policía, tribunales y cárceles que hagan cumplir la ley. Cuando esto no sucede, aparece la pérdida de confianza, el crédito menguante y la depresión económica. En este sentido, es peligroso conceder total libertad a los mercados, como preconizan algunos. En un mercado completamente libre, no supervisado, se puede llegar a situaciones de monopolio o conspirar contra la fuerza laboral. El inconveniente del capitalismo es que no puede asegurar que los beneficios se obtengan de manera justa, o que se distribuyan de manera justa. Como todo en la vida, necesita los famosos “frenos y contrapesos” (checks and balances). Esto no es una crítica al capitalismo; sus éxitos se aprecian a simple vista, al menos cuando empleamos criterios puramente materiales como la esperanza de vida, la mortalidad infantil y la ingesta calórica. El nivel de vida humano en 2017 es significativamente superior al de 1917 a pesar del crecimiento exponencial en el número de humanos.

 

Fuente: Sapiens, de Yuval Noah Harari.

Historia del dinero

Los cazadores-recolectores no tenían dinero. Cada banda cazaba, recolectaba y manufacturaba casi todo lo que necesitaba, desde carne a medicinas. Con el tiempo, el auge de ciudades y reinos y la mejora de las infraestructuras produjeron nuevas oportunidades para la especialización. Así surgieron los oficios: zapateros, médicos, carpinteros, soldados, abogados, etc. Pero la especialización creó un problema: ¿cómo gestionar el intercambio de bienes entre especialistas? Una economía de trueque no funciona cuando hay un gran número de extraños que pretenden cooperar. El trueque solo es efectivo cuando se intercambia una gama limitada de productos, pero no puede formar la base de una economía compleja. La mayoría de las sociedades encontraron una manera más fácil de conectar a un gran número de expertos: el dinero.

El dinero no son las monedas y los billetes. El dinero es cualquier cosa que la gente esté dispuesta a utilizar para representar de manera sistemática el valor de otras cosas con el propósito de intercambiar bienes y servicios. Ha habido muchos tipos de dinero: conchas, ganado, pieles, sal, grano, cuentas, tela, etc. En Auschwitz el dinero eran los cigarrillos: una hogaza de pan costaba 12 cigarrillos; un paquete de margarina, 30 cigarrillos; un litro de alcohol, 400 cigarrillos.

Actualmente, la forma más familiar de dinero es la moneda. Pero atención a este dato: la suma total del dinero en el mundo es de unos 60 billones de dólares, pero la suma total de monedas y billetes no llega a los 6 billones de dólares. ¡Más del 90% de todo el dinero que aparece en nuestras cuentas bancarias no tiene un respaldo material, sólo existe en servidores informáticos! Solo un delincuente compra una casa con un maletín lleno de billetes de banco. La gente está dispuesta a canjear bienes y servicios a cambio de datos electrónicos, que son más ligeros y menos engorrosos que los billetes y las monedas.

El dinero sólo tiene valor en nuestra imaginación: es una construcción psicológica. La gente acepta un valor ficticio superior a su valor intrínseco porque confía en su invención. La confianza es la materia bruta a partir de la cual se acuñan todas las formas de dinero. Y lo que creó dicha confianza fue una red muy compleja y a muy largo plazo de relaciones políticas, sociales y económicas. Si tomamos un billete de 100 euros y lo observamos con detenimiento no veremos nada más que un simple pedazo de papel. Al igual que todos los billetes de euro contiene la bandera de la Unión Europea y la firma del presidente del Banco Central Europeo. Aceptamos el valor de ese billete porque confiamos en la UE y en el presidente del BCE. El papel crucial de la confianza explica por qué nuestros sistemas financieros están tan fuertemente entrelazados con nuestros sistemas políticos, sociales e ideológicos.

El primer dinero conocido de la historia fue la sila de cebada sumeria. Apareció en Sumer (actual Iraq) hacia 3000 a.C., en la misma época y el mismo lugar en las que apareció la escritura. La sila era simplemente cebada: cantidades fijas de granos de cebada. La cebada tenía un valor intrínseco: se puede comer. Pero el gran avance de la historia del dinero se produjo cuando la gente llegó a confiar en dinero que carecía de valor intrínseco, pero que era más fácil de almacenar y transportar. La cebada lógicamente carece de esas cualidades. Así nació el siclo de plata en la antigua Mesopotamia (actual Iraq igualmente). El siclo de plata equivalía a 8,33 gramos de plata. A diferencia de la cebada, el siclo no tenía un valor intrínseco. La plata no se puede comer, beber ni hacer vestidos con ella.

Los pesos fijados de metales preciosos acabaron dando origen a las monedas. Las primeras monedas de la historia las hizo acuñar hacia el año 640 a.C. el rey Aliates de Lidia (actual costa mediterránea de Turquía). Así llegamos a los denarios romanos, que eran un medio de intercambio aceptado hasta en los mercados de la India. Más tarde, los califas musulmanes arabizaron este nombre y emitieron “dinares”, que siguen utilizándose en Jordania, Irak, serbia, Macedonia, Túnez y otros países. A finales de la era moderna todo el mundo era una única zona monetaria, que se basaba ante todo en el oro y la plata, y posteriormente en unas pocas monedas en las que se confiaba, como la libra inglesa y el dólar estadounidense.

Hoy en día, el dinero es el único sistema de confianza creado por los humanos que puede salvar casi cualquier brecha cultural, y que no discrimina sobre la base de la religión, el género, la raza, la edad o la orientación sexual. Por el contrario, es el epítome de las frías leyes de la oferta y la demanda, que sitúan al mundo en peligro de convertirse en un mercado enorme y despiadado.

 

Fuente: Sapiens, de Yuval Noah Harari.

Economía jeroglífica

20170114_110538Ayer estuve en el Museo Arqueológico Nacional enseñando a los niños las momias, los vasos canopos, los jeroglíficos y los sarcófagos. Todo es impresionante, pero la mayor sorpresa me la llevé al descubrir la llamada “Estela del rey Seankhiptah” que aparece en la imagen de la izquierda. Esta estela muestra nada más y nada menos que una recalificación de terrenos. El mismo chanchullo al que nos tienen acostumbrados nuestros políticos, pero hace 5.000 años. En la izquierda aparece el faraón ante la diosa Osiris, y en la derecha el afortunado dueño de los terrenos recalificados realizando una ofrenda a Anubis. El texto de la parte inferior narra como las tierras pasan de ser arables a ser distritos urbanizables, con zonas navegables e irrigadas.

 

tablilla-kushimLos primeros escritos de la Humanidad se refieren a hechos y cifras. No eran grandes poemas ni sabios cuentos. Eran aburridos documentos económicos que registraban el pago de impuestos, la acumulación de deudas y la posesión de propiedades. El documento más antiguo es una tablilla de arcilla con un texto administrativo procedente de la ciudad de Uruk, hacia 3400-3000 a.C. Aparentemente, la tablilla registra una cantidad de 29.086 medidas de cebada (unos 100.000 litros) recibidas a lo largo de 37 meses por un tal Kushim. Vamos, apasionante.

Por cierto, el tal Kushim podría ser el primer individuo de la historia cuyo nombre nos es conocido. Es revelador que el primer nombre registrado en la historia pertenezca a un contable.

La economía del siglo XX (y 8)

Serie dedicada a Travis, Barney, Lester y Josean.

 

Y llegamos a la crisis actual. En septiembre de 2008, Lehman Brothers, una gran institución financiera con más de 150 años de antigüedad, presentó declaración de quiebra. Por una parte, Lehman sufrió la crisis de las hipotecas subprime (con garantía de baja calidad) que siguió a la burbuja inmobiliaria del periodo 2001-2007. Por otro lado, la irresponsable política de apalancamiento (endeudamiento) del banco, sin hacer crecer su propio capital en la misma proporción, motivó que el capital apenas supusiera el 3% del valor de sus activos. Esto significa que al depreciarse estos activos y al aparecer dificultades en el mercado de crédito, no tuviera suficiente músculo financiero para sortear el bache.

Lehman Brothers no fue el causante de la crisis, sino una consecuencia de la misma y un modelo para reflexionar sobre dos cuestiones que siguen sin respuesta definitiva: ¿Debió el gobierno norteamericano hacer más para salvar a esta empresa? Y ¿Fue la desregulación pública lo que explica el desencadenamiento de esta última gran crisis?. Respecto a la primera pregunta, se alega que el gobierno debió evitar su caída, pues los elevados costes que acabó soportando el país fueron mayores que los que habría implicado el rescate. Pero, ¿es esto justo?, ¿pueden los gestores de empresas llevar a cabo políticas nefastas sin que estas tengan consecuencias?. Respecto a la segunda pregunta, creo que la respuesta es obvia. Si se hubieran establecido normas que garantizaran la solvencia de las compañías, se habría amortiguado en gran medida el impacto de la crisis.

Lo cierto es que las principales economías del mundo entraron en un periodo de recesión en 2009. Los datos muestran las características típicas de una fase recesiva: caída del PIB, aumento del desempleo, déficit presupuestario y crecimiento de la deuda pública. Además el año 2009 fue testigo de una deflación generalizada, un fenómeno muy poco habitual en Europa y América desde la década de los treinta. Bien es cierto que la caída de precios afectó principalmente a la vivienda y a las acciones.

La buena noticia es que si comparamos esta crisis con la crisis de los años 30, los problemas son mucho menores, con gran diferencia. En este sentido, y a pesar de que existan muchas personas pasándolo mal, los estados actuales tienen más instrumentos para atender situaciones de desempleo elevado. Y ciertas cosas se han hecho mejor. En primer lugar los bancos centrales no han permitido la caída de la oferta monetaria y el derrumbe de los precios. En segundo lugar, se ha evitado caer en políticas proteccionistas dirigidas a mantener la producción y el empleo, lo cual hubiera sido nefasto a largo plazo.

La economía del siglo XX (7)

En octubre de 1973, los países árabes bloquearon sus exportaciones de crudo a aquellos países que habían apoyado a Israel en la guerra del Yom Kipur. Esta decisión, unida a un control de la producción, hizo subir el precio del petróleo de una forma espectacular desde 1,6 dólares a 9 dólares. Este aumento, combinado con los desequilibrios que arrastraba la economía norteamericana, desataron una crisis económica caracterizada por la existencia simultánea de estancamiento e inflación. Fue la llamada Crisis del Petróleo.

La crisis pasó, como pasan todas las crisis. En 2008 el precio del barril pasó a valer más de 147 dólares, y a día de hoy, está en torno a los 45 dólares. Lo curioso es que si descontamos el efecto de la inflación y analizamos el precio del petróleo en términos comparables, el barril cuesta hoy el equivalente a 9,4 dólares de 1974. Es decir, que después de varias oscilaciones, estamos igual que hace 40 años.

Hoy en día, el crudo y el gas se pueden obtener de diversas formas. La técnica del fracking, por ejemplo, permite que si los precios del crudo se elevan, aumente esta producción alternativa de forma significativa. Además, el petróleo tiene sustitutivos, que se emplearan si su precio sube mucho. Por ejemplo, el coche eléctrico, cuyo precio aún no compensa, pero si lo hará en caso de que el combustible suba en exceso.

Creo que el petróleo nunca se acabará. Simplemente dejará de utilizarse cuando otros métodos sean más baratos. Así sucedió con el carbón.

La economía del siglo XX (6)

En 1944, antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, se reunieron los representantes de 44 naciones en la localidad norteamericana de Bretton Woods para establecer las reglas del nuevo sistema monetario internacional.

Este nuevo modelo no resucitó el patrón oro (abandonado en la década de 1930 como consecuencia de la Gran Depresión) pero respetó algunas de sus características, en especial el establecimiento de un tipo de cambio fijo entre las monedas de los países miembros del sistema. No obstante, en determinadas circunstancias, sí era posible que las divisas se revaluaran o devaluaran respecto a la moneda principal: el dólar norteamericano, que a su vez, tenía un cambio fijo con el oro.

Este sistema duró unos 25 años y su crisis vino como consecuencia de la política monetaria irresponsable de Estados Unidos. El gobierno americano incrementó sus gastos militares de forma exponencial por la Guerra de Vietnam y los financió emitiendo deuda y dinero. Lo normal hubiera sido subir los impuestos a los ciudadanos, pero se trataba de una guerra muy impopular y optaron por el camino fácil. El resultado fue lo de siempre: inflación, déficit de balance y huida del dólar por parte de muchos inversores que optaron por pasarse al marco alemán o al yen japonés. Entre 1971 y 1973 el dólar dejó de ser la moneda de reserva y se devaluó frente al oro y a otras monedas. Así murió Bretton Woods. Desde entonces rige un sistema de tipos de cambio flexibles en el que seguimos hoy en día.

En Europa se estaba construyendo por entonces el mercado común y había preocupación sobre como podían afectar los tipos de cambio flexibles. En este entorno de tipos fluctuantes, los países europeos se comprometieron a mantener estables los tipos de cambio frente al resto de divisas europeas. Nació así el Sistema Monetario Europeo (SME) que acabaría dando origen a la actual Unión Monetaria.

El SME se encontró con problemas desde su inicio. La tasa de inflación alemana era inferior a la francesa debido a las diferentes políticas monetarias de ambos países. La cuestión era: ¿puede mantenerse un tipo de cambio fijo cuando las políticas monetarias de dos países son significativamente distintas?. Obviamente no. Los tipos de cambio fijos exigen políticas monetarias coincidentes. El Tratado de Maastricht (1992) marcó la pauta de hacer los tipos de cambio “irrevocablemente fijos”, lo que supuso de facto la adopción de una moneda común –el euro– que entró en circulación en 2002.

Además de los acuerdos de Bretton Woods (1944), uno de los aspectos más relevantes del programa de reestructuración de la economía internacional tras la Segunda Guerra Mundial fue el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, más conocido por sus siglas en inglés: GATT (General Agreements on Tarifs and Trade). El GATT no era una organización, sino un acuerdo firmado por 23 países. Hasta 1994 no se crearía una organización internacional en sentido estricto, y esta fue la Organización Mundial del Comercio (OMC) que asumió los principios de GATT para su funcionamiento.

La idea era evitar las políticas de preguerra, según las cuales los países hacían frente al paro y a la depresión creando restricciones al comercio internacional. El GATT, cuyo objetivo fundamental era la reducción de los aranceles, tuvo como principio fundacional la cláusula de “nación más favorecida”, por la cual cualquier ventaja comercial que un país otorgue a otro debe ser extendida al resto de miembros del Acuerdo.