Premio Nobel de Economía 2016

Para H., lectora fiel de este blog.

La Real Academia de las Ciencias de Suecia premió el pasado lunes 10 de octubre con el Premio Nobel de Economía a Oliver Hart y a Bengt Holmström, por sus investigaciones acerca de la teoría de los contratos.

¿Por qué es importante en economía la teoría de los contratos, que es un término, a priori, puramente jurídico? Porque la actividad empresarial puede entenderse como una sucesión de contratos de diversa naturaleza (arrendamiento, crédito, compraventa, fianza, prestación de servicio, laboral, etc…). Las economías modernas se mantienen unidas por innumerables contratos. Al estudiar el funcionamiento del mundo empresarial podemos centrarnos en sus aspectos financieros, contables, organizativos, etc., pero hay un entramado previo para entender todo esto: los contratos.

Las contribuciones de Hart y Holmström constituyen una parte esencial de los conocimientos sobre la información asimétrica, e intentan responder a preguntas como: ¿Cómo debería pagar una empresa a sus directivos? ¿Cuándo y bajo qué condiciones se puede privatizar un servicio público? ¿Cómo se pueden resolver los problemas cuando un contrato no lo especifica en sus cláusulas? No estamos hablando de cuestiones meramente teóricas, sino de temas con numerosas aplicaciones prácticas.

Como regla general, los agentes económicos (es decir, todos nosotros) en ausencia de información perfecta (es decir, la vida misma) responden a los incentivos existentes en los contratos y actúan en beneficio propio. Hay excepciones, pero esta es la regla general. Ya se ha abandonado la idea de los contratos contingentes que suponía que todos los estados de la naturaleza eran observables y por tanto, susceptibles de ser recogidos sin falta alguna en el clausulado contractual. En el mundo real la información no está disponible o bien no es observable por las partes o por un tercero que podría sancionar el incumplimiento de una cláusula contractual. El mundo económico se rige por la teoría principal-agente en un contexto de riesgo moral. O dicho en cristiano: siempre hay alguien que sabe más que otro, por lo que existe un riesgo elevado de que intente colársela.

Un ejemplo. Llamemos “el principal” a un agente económico sin acceso a la información pero con recursos (por ejemplo el dueño de una empresa). Llamemos “el agente” a una persona que no tiene los recursos pero sí tiene acceso a la información (por ejemplo el directivo de esa empresa). El principal contrata al agente para que gestione su empresa. El directivo puede tomar decisiones en beneficio del principal o en beneficio propio (riesgo moral). En principio el directivo representa a unos principales (los accionistas o dueños de la empresa) y debería actuar pensando en conseguir los mejores resultados para ellos. Pero lo que nos enseña la experiencia es que esto no siempre es así, y que con gran frecuencia, los intereses del gerente y de los accionistas no son los mismos. Esto es aplicable, no sólo a las empresas, sino a la política. En el caso de España, las divergencias de intereses entre gobernantes –agentes- y ciudadanos –principales- se ha llevado al extremo con la corrupción rampante de los principales partidos.

El dilema que ha centrado la carrera de Holmström –relativo a la retribución de los directivos– ha estado en el foco del debate en los últimos años por su papel capital en la crisis financiera. Muchas empresas han optado por pagar a sus gerentes en función de los resultados de la empresa o su valor en Bolsa. Sin embargo, esto tiene un componente negativo, ya que “si la retribución de un gestor enfatiza el flujo de caja en el corto plazo, sus acciones pueden descuidar la salud a largo plazo de la compañía”, bien porque se eleven los riesgos, o bien porque se descuiden las inversiones. Además, muchos gestores pueden verse beneficiados injustamente por un buen momento del sector (por ejemplo, las aerolíneas con los bajos precios del petróleo como los actuales), mientras que otros se verán injustamente perjudicados. Holmström señala que los sectores más volátiles deberían tender hacia un salario fijo, porque los logros de su equipo directivo pueden no tener que ver con la gestión, mientras que los más estables deberían estar orientados a recompensas basadas en el rendimiento. Hart, por el contrario, propone que, como norma general, el bonus o variable esté ligado al rendimiento de la compañía a largo plazo y que se entregue al directivo de forma gradual.

Otro de los puntos clave del trabajo de ambos en la teoría de los contratos tiene que ver con las privatizaciones. Según los premiados, la viabilidad de las mismas está relacionada con el grado de exigencia del contrato en relación con las inversiones. Supongamos que un gestor puede hacer dos tipos de inversiones: unas mejoran la calidad del servicio y otras reducen el coste a expensas de la calidad. Vamos, de Perogrullo. Un gestor público tiene pocos incentivos para dar la mejor calidad con el mejor coste posible (nadie le premiará por ello), y un gestor privado tiene más incentivos para reducir el coste que para dar un buen servicio. Para remediarlo, Hart propone promover la competencia efectiva entre los proveedores. Fácil de decir, difícil de hacer.

Esto está relacionado con la teoría de los contratos incompletos, que se ocupa del diseño de contratos cuando las partes no son capaces de articular términos detallados. Es decir, casi siempre. Es imposible controlar todas las eventualidades: hacerlo sería extremadamente complejo y costoso. Los costes de redactar e implementar un contrato son uno de los llamados costes de transacción (costes incurridos para realizar un intercambio económico), y no son en absoluto gratuitos. Por este motivo no se negocia de forma separada la relación laboral de cada persona sino que se establece un contrato general. Por suerte, la ley cubre ciertos vacíos de los acuerdos entre las partes. Sin embargo, el resto se podría cubrir mediante incentivos, controles y procedimientos sobre a quién le corresponde tomar una decisión en caso de duda.

En su libro Firms, Contracts and Financial Structure (1995), Hart define un contrato incompleto como aquel que tiene lagunas, acuerdos poco claros o ambigüedades, que deben ser resueltas, bien mediante una negociación entre las partes, bien con la intervención de los tribunales de justicia. La búsqueda de una mejora en los contratos aplica pues a todo tipo de campos, y tiene un gran impacto en el área de finanzas corporativas (por ejemplo, en el análisis de las opas) y en la teoría de las organizaciones. La Academia Sueca señaló que la investigación de ambos “proporciona nuevas herramientas teóricas para estudiar cuestiones como qué clase de compañías deberían fusionarse y cuáles no, o la adecuada proporción entre deuda y capital de una compañía”.

Hart nació en el Reino Unido en 1948 y actualmente es profesor en la Universidad de Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Holmström nació en Finlandia en 1949 y es profesor de Economía y Empresa en el MIT. Ambos compartirán un premio valorado en 8 millones de coronas suecas, es decir, 830.000 euros.

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